Es complicado. En algunos contextos, la seguridad alimentaria —entendida como esa garantía de evitar intoxicaciones— pasa a un segundo plano. En otras zonas del planeta, las prioridades son no morirse de hambre. Nosotros podemos hablar de seguridad alimentaria y profundizar en este privilegio, por así decirlo, porque ya tenemos unas bases muy seguras en términos de garantía de alimentos.
Muchas veces leo comentarios del estilo «pues mi abuela vivió 90 años y nunca le ha pasado nada». Al final, como es una cuestión de probabilidad pequeñita en comparación con el número de veces que lo podemos hacer mal, la gente no tiene una percepción real de que esto sea un peligro. Si ponemos números sobre la mesa y lo ponemos en contexto, hay un riesgo bajo de que te suceda algo. Pero es verdad que, cuando sucede, puede haber casos graves e incluso mortales.
La prioridad número uno es el lavado de manos con agua y jabón. Es lo más fácil y, también, en lo que más solemos errar, porque hay que lavarse las manos antes de cocinar y durante el cocinado, cuando manipulamos alimentos y utensilios. Otra medida útil es tener separadas las superficies de contacto, como las tablas de cortar, y no mezclar alimentos crudos con cocinados. Y, en tercer lugar, algo que ayuda en términos de seguridad alimentaria y de aprovechamiento de recursos: guardar bien los alimentos en el frigorífico. Debemos poner en la parte delantera los que se vayan a echar a perder antes, para usarlos también antes y tener un control más adecuado de las fechas de caducidad.
Sí. La fecha de caducidad es un periodo que no deberíamos sobrepasar. Se aplica a alimentos perecederos, como los frescos, las carnes, los pescados o los vegetales, que caducan pronto y se echan a perder. Pasada esa fecha, su vida útil ya no es segura porque puede contener un número de bacterias suficiente como para hacernos daño.