El apartamento no existía. Las vistas al mar y las vacaciones, tampoco. Solo existía una cuenta bancaria, una transferencia de 780 euros y el silencio. Carmen había planeado el viaje con su marido y nietos durante meses, pero todo se truncó. "Quería volver a Santander con mis nietos, enseñarles la playa del Sardinero, repetir lo que hacíamos cuando mis hijos eran pequeños", recuerda.
El anuncio parecía fiable, pero resultó ser un anzuelo. "Ni siquiera era una ganga, estaba al mismo precio que otros de la zona". Contactó con el supuesto propietario por una conocida web de alquileres vacacionales. Todo fue cordial, hasta que le propuso cerrar la reserva por transferencia directa para "evitar comisiones". Carmen dudó, pero la prisa —y la aparente demanda del piso— hicieron el resto.