Pongamos que se llama Elena y que pesa 90 kilos. La imprecisión de estos datos no cambia lo valioso de su relato. Esta mujer, que no quiere dar su nombre real, llevaba 20 de sus 50 años sin subirse a una báscula. Sabía, no hacía falta un número para saberlo, que estaba clínicamente obesa, pero lo había aceptado. Un día, mirando Instagram, le salió un anuncio de una plataforma que vendía Mounjaro. “Pude volver a hacerlo sin apagar la luz”, decía. Lo ignoró. “Pude subir en un avión sin pedir un extensor de cinturón”, insistió un segundo anuncio. Vale. “Pude volver a atarme los zapatos”, rezaba un tercero. Pinchó. La publicación le llevó a una página web, rellenó un formulario, mandó unas fotos y pagó unos 30 euros. A los pocos días, obtuvo una receta médica que le autorizaba a comprar este fármaco adelgazante. Fue su pasaporte a una vida nueva. “El cambio ha sido radical”, dice al otro lado del teléfono. “Estoy feliz”. En cuatro meses, ha adelgazado lo que no pudo adelgazar en años. No sabe cuánto exactamente, pero calcula que más de 10 kilos. Se ha puesto un entrenador personal y ya ha vuelto al médico. También planea el reto más difícil: volver a subirse a la báscula.
El caso de Elena representa muy bien el cambio de paradigma que se ha dado en los últimos meses con los fármacos adelgazantes. Se ha pasado del desabastecimiento generalizado a la abundancia total. Ya no son solo los actores de Hollywood los que parecen menguar con cada nueva aparición. Son los compañeros de trabajo, amigos y familiares. Los fármacos se anuncian en las marquesinas de los autobuses, inundan las redes sociales. Conseguir una receta ha dejado de ser complicado. Cualquier persona con sobrepeso puede obtenerla con un par de clics y una videoconsulta. El seguimiento se realiza mediante mails periódicos con la empresa que lo suministra.
En 2024, se dispensaron más de 4,8 millones de envases de Ozempic, Wegovy y Mounjaro (las tres marcas disponibles) en España, según datos de la consultora IQVIA. Esto equivaldría a algo menos de 400.000 personas en tratamiento. Las cifras actuales deben ser mucho más elevadas, pero estamos aún lejos de Estados Unidos, principal mercado de estos medicamentos. Allí, el 12% de la población está en tratamiento, una cifra que se ha duplicado en el último año. Nos dirigimos a esa situación y las dudas que plantea son numerosas. ¿Cómo cambiará esto nuestra relación con la comida? ¿Cómo se está adaptando la industria alimentaria? ¿Y los sistemas sanitarios?
Para entender cómo funcionan estos medicamentos, hay que empezar poniendo el foco en el intestino. “Cada vez que comemos, cuando la comida toca la mucosa del tubo digestivo, un cuerpo sano libera hormonas que actúan a nivel cerebral para regular el apetito”, explica Ciudin. La más conocida es el GLP-1, pero también están el GIP, el glucagón, la amilina o el péptido YY. Las personas con obesidad no generan estas hormonas, o no en la cantidad suficiente. Por eso, su cerebro no procesa que están llenas y siguen comiendo. Los fármacos adelgazantes hacen de sucedáneo inyectable, imitan el efecto de algunas de esas moléculas naturales de forma artificial.
La industria ha emprendido una loca (y lucrativa) carrera para crear copias farmacológicas de estas moléculas. La primera en conseguirlo fue la semaglutida (con nombres comerciales como Ozempic), que imitaba una sola molécula: el GLP-1. La tirzepatida (la marca más conocida es Mounjaro) es un doble agonista, copia el GLP1 y el GIP. En la actualidad, se está investigando la retatrutida, un triple agonista que, además de estas dos partículas, también imita la acción del glucagón. Los resultados son sorprendentes. El Ozempic suponía una pérdida del 15% del peso corporal. Este nuevo compuesto llega a cuotas de hasta el 30%.
Esto está haciendo que cada vez más gente responda a los medicamentos. Según algunos estudios, cerca del 13% de los usuarios no conseguía adelgazar con la semaglutida, pero este porcentaje va bajando a medida que se comercializan nuevas composiciones. “Igual es que esa persona no respondía porque no tuviera ningún problema con la hormona GLP-1 en concreto”, señala Ciudin. “Puede que tuviera una alteración en el péptido YY, en el GIP o en la amilina”.
Otra de las novedades farmacológicas más interesantes es la aparición de pastillas. En España ya se comercializa Rybelsus, pero tiene un pequeño problema. “Solo se absorbe y pasa a la sangre un 2%, que es muy poco”, señala Ciudin. Pero esta es la primera generación de pastillas. Van a llegar más. De aquí a unos meses, se comercializará el Orforglipron. “Siguen sin ser tan potentes como los inyectables, pero no siempre necesitas una alta potencia. Se podrán usar para mantenimiento, o para empezar”, advierte
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